lunes, 14 de marzo de 2016

Visto y no visto

Lo que uno busca lo puede encontrar, hoy en día, en cualquier momento y en cualquier parte. Lo misterioso sigue siendo encontrar lo que uno no busca, que es lo más sorprendente, lo que de verdad lo abre a lo inesperado y con frecuencia a lo mejor. Eso es una lección de humildad, y también un alivio. No hace falta tener un propósito claro, una opinión firme, una posición tajante en todo. Algunos de mis mejores hallazgos han sido por azar. Como escritor, como lector, como ser humano que respira y desea. Casi todos los fundamentales. Quizás las ciudades y las librerías me gustan tanto porque son los lugares supremos del azar. Por eso sigo yendo a tiendas de discos, o de películas. Porque encuentro no lo que buscaba sino lo que no buscaba. El descubrimiento de Jean Améry en una librería de París hace veinte años cambió de golpe el rumbo de mi imaginación y de mis lecturas. Hoy he entrado un rato en el Corte Inglés porque me sobraba tiempo para una cita y he encontrado Los siete samurais de Kurosawa. La otra mañana pasaba por una de mis librerías de Madrid sin ánimo de entrar, y casi sin tiempo, y vi en el escaparate los Diarios de la revolución de 1917, de Marina Tsvietáieva, traducidos por Selma Ancira, publicados por Acantilado. Ya no me he separado de ellos. He escrito una crónica entera en un arrebato de dos horas. Lo mejor de escribir es terminar de escribir. Antonio Muñoz Molina

El mundo del libro antiguo

Uno puede haber visitado librerías durante toda su vida, leído los suplementos literarios de los periódicos, frecuentado hombres de letras y no haber intuido, siquiera, la existencia de ese otro mundo paralelo, que es el del libro antiguo, raro, curioso y agotado. Por favor, no siga leyendo. Desde aquí, y en el fondo, envidiamos su tranquilidad, su existencia plácida, su ingenuidad y su inexperiencia en el infortunio. Las novedades editoriales llegan a su vida como caídas del cuerno de la abundancia, los libros están nuevos, flamantes y envueltos en celofán que, como un gran condón, los hace más higiénicos y más profilácticos. La letra es grande y clara, el vocabulario fácilmente comprensible, el papel blanco y las fotografías soberbias ¿qué más quiere? Algunos incluyen de regalo equipos de música, microondas, bellos muebles. Con libros tan flamantes su casa parecerá otra y su mujercita, con orgullo, invitará a sus amigas a un hogar tan culto... ...de verdad, no siga leyendo. Aquí estamos ofreciendo una belleza que, a lo mejor, no vale la pena. Va a pagarla muy cara, en horas y en dinero. Sabrá lo que es el sudor frío del miedo cuando el libro que desea más que a su vida ya está vendido y perdido para siempre, experimentará la taquicardia del abordaje (no todos los corazones la soportan) cuando, por fin, encuentre ese libro que ha buscado tanto. Querrá, por encima de todo, unas horas de soledad, para leer, hojear, oler ese nuevo libro que enriquecerá como nada su vida y sus anaqueles. Veo que sigue aquí. Bienvenido. Si en verdad está dispuesto a saber lo que es el dolor, no le decepcionaremos, pero es nuestra obligación decirle que nunca podrá volver atrás. Pepe Grau

viernes, 17 de diciembre de 2010

Enrique Morente

Ha muerto una persona sabia

Sabia de naturaleza y de vida

Sabia por ponerle música a la vida y a la naturaleza

Sabia por su transmisión, por su oficio

Sabia por sus amigos

por su sencillez, sabia.

Juan Hueto

domingo, 12 de diciembre de 2010

Cuatro historias / cuatro calles.

Transeúntes eternos a través de nosotros mismos,
no hay paisajes sino el paisaje que nosotros somos.
Nada poseemos, porque ni siquiera nos poseemos a nosotros mismos.
Nada tenemos porque nada somos.
¿Qué manos extenderé hacia qué universo? El universo no es mío: soy yo.

F. PESSOA. Libro del desasosiego




1ª.Historia del ayudante del frutero.
Plaza de los Carvajales. Granada.

Paco saludó a un chico joven con la mirada perdida, con un lápiz en la mano, y un crucigrama sobre las piernas, en la otra mano, su porrito de hachís. Era su vecino de al lado, el ayudante del frutero. Paco le preguntó algo, tú sólo le mirabas a él y mirabas el crucigrama. Su voz era cansada, la escena resultaba agria, cómica, ¿o entrañable?
El ayudante del frutero de la calle San Jerónimo, intentaba rellenar el crucigrama, pero es difícil decía, y le insinuaba a Paco que a ver si le regalaba un diccionario.
El ayudante del frutero presume de amigo librero, tú agachas la cabeza, te puede su voz cansada, su crucigrama difícil, que no tenga un diccionario.




2ª. Historia del abuelo con mirada de villano,
sentado permanentemente en la puerta del supermercado.
Calle San Jerónimo. Granada.

El abuelo con mirada de villano, sentado permanentemente en la puerta del supermercado, sólo mira al frente y a los lados. Sólo está sentado y está solo.
Tiene la mirada azul, los brazos en el regazo, siempre la misma camisa a rayas. Está delgado, aunque a veces le has visto comerse un bocadillo.
Enfrente de él un montón de cartones, en el fondo, desdibujadas mañanas.
Ni siquiera observa a la gente que entra y sale, que entra y sale... Hoy te has quedado mirándole, pero él sólo miraba sin mirar los cartones que tenía enfrente.
Y cuando pasas y le ves comer se derrumba un poquito más tu mundo embotellado. Siempre te ha dado pena la gente que come sola. Pero tampoco es pena, es una palabra que no existe y que vive agazapada entre la palabra pena y la palabra ternura.
No sabes quién es. Puede que no sea nadie en realidad, y le dejen sentarse en la puerta toda la mañana, toda la tarde, todo el día… Puede que nadie sepa quién es, ni siquiera él, o sobre todo él. Esta mañana lo has vuelto a ver. Has pensado que le queda poco tiempo, su cara se te antojaba azul también, sus dedos, su tristeza.
Y entonces le atrapas un poquito en el tiempo, y se te ocurre pintarlo azul, con la cabeza muy grande, y el cuerpo pequeño y débil, sentado enfrente de la puerta del supermercado, esperando a que un día se lo lleven también entre los cartones que vigila.
De pronto se convierte en super héroe; el super vigilante de cartones. Y apartas la mirada.



3ª. Historia de una conversación y un encuentro fugaz
y fortuito con un camello gitano, sin dientes.
Calle Elvira. Granada.

Ibas mirando el suelo, con esa sensación de complicidad con el mundo cuando está pasando algo que sólo sabes tú y te hace daño. A tu altura un hombre bajito, muy moreno, de unos cuarenta y tantos. Le miras porque canta. Le miras y le sonríes, te sigue y te pregunta;
¿Marihuana buena, coca para volar?
Sigues sonriéndole, no gracias.
Hay que vivir la vida con ganas, disfrutando de todas esas cosas que se nos presentan, te dice filosófico, mientras seguís andando en paralelo. Pero sin drogas, le dices tú.
¿Sabes cual es la droga más dura?
Te quedas mirándole, y quieta le respondes mirándole a los ojos; Si, el amor.
Se sorprende, le gusta tu respuesta. Ahora te sonríe él a ti; si, porque es la que más duele. Tú has continuado andando, y él se aleja despacio, le oyes cantar a lo lejos.



4ª. Historia de Antonio; el eterno vagabundo.
Calle San Juan de Dios. Granada.

A Antonio le ha crecido el pelo. Y esta mañana de domingo se ha cambiado de acera para que le dé un poco el sol. Porque en su casa habitual, la acera de enfrente, la sombra congela seguramente su cabeza y sus entrañas. Hace mucho frío, la nieve se deshace y cae, algo todavía permanece en los tejados y en los huecos dónde se dejan crecer los árboles. Antonio tiene frío, seguramente por eso busca su particular terraza al sol. No pensaremos a dónde irá cuando este sol efímero del invierno desaparezca.
A Antonio le conociste el año pasado. Era un sábado por la noche, y él dormía en su acera, en San Juan de Dios, enfrente de la iglesia.
Era un bulto en mitad de la nada. La gente pasaba por su lado, obviando su figura, su perfil, algunos incluso saltaban por encima.
Pero tú decidiste no saltar, ni siquiera esquivarlo, te quedaste mirando cómo se afanaba por hacer de sus cartones una cama más cómoda.
Buscaste un motivo, un posible encuentro, conversación.
Un policía que andaba por allí, te acompañó, se puso unos guantes y se acercó a él, para que comprobaras que realmente él quería dormir allí.
Hablamos con Antonio. A ti no te hizo caso, no se atrevía a mirarte, y nos dijo su nombre. El policía le animó a que se subiera un poco el pantalón, y lo hizo con respeto, ¿tal vez con ternura?
Te sorprendió que tuviera un nombre, que tuviera los ojos preciosos, azules y cansados.
Le volviste a ver algunas veces, pensabas en él como en un vecino con el que coincides algunos días, en el rellano de la escalera. Nuestro rellano era la calle, su calle; su casa perpetua.
Un día pasaste por su lado, y te alegraste porque había conseguido una radio, y la escuchaba orgulloso tumbado en la acera; su particular salita de estar. Parecía contento y le ofreciste un cigarro. Te hubiera gustado ofrecerle un poco de conversación.
Un día cualquiera, después de mucho tiempo, paseabas con alguien por esa misma calle, (¿Cómo se debe sentir alguien que vive en la calle, y que ve pasar por “su” pasillo un montón de desconocidos que le miran? ¿Quién es el extraño aquí? Imagino que pensará él) y vimos un bulto a lo lejos.
Ese es Antonio, le dijiste. Ese bulto es Antonio. Ese bulto son Antonio y su casa.
Tu amigo te miró extrañado. Cuando pasamos por su lado, él dormía, ajeno, entre sus paredes fabricadas con cartón.
A Antonio le ha crecido el pelo, y busca el sol. Se rasca la cabeza y mira, distraído a esos que visitan su casa sin permiso. Tiene algunas mantas, y así permanece, tumbado. Nunca le has visto paseando o de pie. Ya nadie ve a Antonio, su silueta no molesta, forma parte de la ciudad, se ha fundido con ella. Granada se traga a aquellos que habitan sus aceras. Pero no hay que confiarse, la misma Granada también los puede vomitar.

Paz Palau

Sin título

Y poco a poco el aire corroe
Mis pulmones Poco a poco la razón de la vorágine me hace
Poco a poco
Envejezco. Poco a poco
Soy mas humano. Poco a poco soy un artesano
De las letras.
**********

Impensable.


Lenta cuchilla que se posa en mi alma,
La sesga,
La corta haciendo de ella intervalos
De eco y pausa.
Lenta y escurridiza se vuelve cuando
Se clava en mi lengua
Con la misión de enmudecer
Rápida a la hora de deshilvanar las ideas
Rápida y apresurada deja un reguero
De ira e impotencia
En el albor de los versos.
Tan lisa y brillante.
Asi es el filo que ahoga al poeta
***************************
Quiero un verso esmeralda
Y lo escribo llenándolo de aristas,
Cubriéndolo de terciopelo,
Tallando su tenacidad.
Quiero los sueños olvidados
Y no los siento.
No los pienso.
Te quiero azul brillante
Como la aureola de tus ojos
Indemnes de las ráfagas de la luna.
Te quiero siempre poetisa
De los jadeos silentes,
Silenciados los murmullos nocturnos.

******************************



Como me duelen las palabras que al viento se lanzan
Y no las oye nadie excepto mi corazón.
¿Cómo sosegarme cuando sesgada mi alma se halla
y el finito no es poesía, es un numero?
Como perderte ya lo aprendí,
Ahora me queda balancearme
En un dulce resoplo de tu aire.
En mi llanto,me he dado cuenta, no hay nada
Solo la inspiración.

Las gatas de doña Eduarda

Mi tía abuela doña Eduarda tenía dos gatas blancas de Angora, Luz y Bel, que se deleitaban en arañar las piernas de las visitas. Decían en el pueblo (ya se sabe cuán unidas van ignorancia y maledicencia) que las había criado la señora con sus propios pechos, porque las tres destilaban la misma mala leche; y había quien iba más lejos y aseguraba que habían sido engendradas por doña Eduarda con la semilla del diablo: las tres tenían los mismos ojos azules, brillantes, limpios y puros en apariencia, pero que escondían tras ellos la más perversa de las maldades; además, el nombre de los animalitos no podía ser más claro: el de su padre.
Nada de todo eso era cierto, obviamente, aunque aquellos dos "adorables" seres eran las dignas gatas de su dueña. Esperaban agazapadas, escondidas detrás de algún sillón o debajo de algún mueble, a que las visitas se sentaran; asomaban la cabecita, dibujando un esbozo de sonrisa socarrona bajo los tiesos bigotes blancos; y al mínimo descuido de sus víctimas saltaban con la rapidez del rayo para rasgarles la carne con las afiladas uñas. A doña Eduarda ni se le pasaba por la cabeza reñirlas, ni mucho menos pedir disculpas a los infelices arañados.
—Sean ustedes pacientes con estas desdichadas criaturas —decía con tono lastimoso—, dulces donde las haya mas enfermas de una dolencia sin cura.
—Si algún gozo tienen con sus pillerías, a la Providencia debemos agradecer el poder dárselo, aunque nos cueste la inyección del tétanos —añadía maliciosamente, dibujando el esbozo de una sonrisa socarrona, a lo que seguían las caras descompuestas y los gritos y aullidos desaforados de las aterradas visitas.
Deben saber que las enfermas consiguieron vivir muchísimos años (¿serían verdaderamente hijas del diablo?) pero nunca perdieron su malvada costumbre.

Antonio Ríos Mestre